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viernes, 26 de septiembre de 2014

El acervo

En una computadora suena George Michael y en otra Gloria Gaynor. Acompañan al murmullo lejano que producen los del laboratorio digital, choques de latas de metal que resguardan múltiples rollos de películas de treintaicinco y dieciséis milímetros. Una mujer, fea, hipócrita, amargada y de mediana edad, voltea varias veces, a lo largo del día, a verme a mí y a mis compañeros. Su vida es aburrida y parece interesarse en la nuestra más allá del mero chisme. Las risas de los revisadores no permiten que uno escuche el final de los albures que dice Beto, un gracioso técnico. ¡Y eso que tienen la puerta cerrada! Por la tarde, el ruido disminuye al igual que el personal que se libera de sus actividades a las tres de la tarde. Para el turno vespertino, sólo quedan tres o cuatro revisadores, dependiendo el día, que escuchan a un moderado volumen canciones de la Sonora Santanera y demás grupos del estilo y época.

Suena, también, la fricción de películas en los platos de aluminio de las enrolladoras de las mesas de los revisadores. El rumor que produce cada bobina es único; con el sólo sonido, un avezado oído es capaz de distinguir si el rollo montado es de dieciséis o treintaicinco milímetros y hasta si se trata de un material de acetato o poliéster en plena revisión.  Algunos de esos artefactos, las enrolladoras, tienen más de treinta años trabajando y ¡quién sabe cuántos miles de kilómetros de película habrán pasado por ellos! Si una película, de treintaicinco milímetros, con una duración promedio de aproximadamente hora y media mide casi dos kilómetros y medio de largo, compuesta por varios rollos, el material que tenemos en el acervo de la Cineteca Nacional de México debe ser suficiente para tejer un puente que nos lleve a la Luna, y no a la que Méliès disparó en el ojo.

Los cintotecarios1 siempre tienen su fiesta. Los hay muy variados; uno que es viejo y tiene muchos chistes que le califican de pierde-amigos, otro que tiene que ver con todos y sabe todo sobre futbol y el tercero, que es gay, bien perra y es mana del manantial. Es el último con el que mejor me llevo.
Si hay algo que me gusta del acervo son los olores. El olor a vinagre que infecta a algunas películas, la resequedad del aire acondicionado de las bóvedas, el olor a pasto húmedo en el exterior, la peste a cable viejo que se desprende de las moviolas cada vez que montan y corren una película en ellas, el perfume del amarillento papel rancio del archivo que se confunde con el de las librerías de viejo, el vapor de mantequilla y palomitas que se escapa desde la dulcería y se atreve a venir a visitarnos y el café que varios bebemos.

Cuando uno entra al acervo, lo primero que se ve al fondo es un cuarto cerrado con los revisadores trabajando. Anaqueles de metal con cientos de latas de metal y envases de plástico, de mil y dos mil pies, conteniendo rollos y rollos de película. Algunos filmes han sido abandonados por distribuidoras, embajadas y otras instituciones con funciones parecidas a la nuestra. En lo personal, me fascina expropiarlas por abandono (EPA) y hacer que pasen a formar parte del tesoro fílmico que resguardamos. También, casi en la entrada, se pueden encontrar a dos risueñas, bondadosas y agradables secretarias. Una está casi por jubilarse y la otra, que es psicóloga, no tarda mucho en hacerlo.

En los seis años que llevó aquí, que es lo más que he durado en nada, he visto un cambio de jefaturas, dos cambios de dirección general, tres jubilaciones por parte de revisadores, cambios de personal a otras áreas, varios fallecimientos y enfermos que luchan contra el cáncer.

A mi Cineteca, que es tan mía como un lugar al que se le puede llamar hogar, se le ha hecho daño, se le ha modificado, se le ha ensalzado con visitas de presidentes, embajadores y astros del cine. Figuras como Sofía Loren, Willem Dafoe y hasta Andrés Bustamante visitan nuestra institución para presentarse en eventos, homenajes y estrenos. El maestro Jaime Humberto Hermosillo se pasea frecuentemente entre la librería y la entrada a las salas. Óscar Menéndez, el documentalista, viene al acervo para verificar el avance sobre la digitalización de sus películas. A Óscar le gusta llamarme primo, por ser también Menéndez.

El gusto del público por la Cineteca va por modas. Lo que sí, nunca faltan los miles de visitantes en los fines de semana de la Muestra internacional de cine. Ojalá, y lo digo con todo el corazón, esta Cineteca dure muchos, muchísimos, años más


1Cintotecarios: Como “bibliotecarios” pero con cintas, con film o película. Se ha pensado cambiar su título a “custodios fílmicos”, pero no hay romanticismo en dicho término.

lunes, 24 de marzo de 2014

Trigésimo segundo aniversario "luctuoso" de la Cineteca Nacional.

Hoy, hace treintaidós años, ocurrió el incendio que terminó con la antigua Cineteca Nacional de México.


La antigua Cineteca, que es como se le conoce hoy en día, estaba ubicada en la actual cede del Centro Nacional de las Artes (CNA) que se encuentra en la esquina de la Avenida Río Churubusco y la Calzada de Tlalpan. Con una corta vida, el veinticuatro de marzo de mil novecientos ochentaidós, estalló en llamas. Podrías contarles la historia oficial pero les resultará más fácil apegarse a lo que cuentan los libros y la mayoría de las páginas de internet. Yo prefiero contarles las versiones que he escuchado directamente de varios sobrevivientes; los revisadores fílmicos que están a mi cargo y que tienen ya más de treinta años laborando en la preservación fílmica de ésta noble institución.

Irma, mi madrinita, trabajaba en aquellos años en la dulcería de la antigua Cineteca. Me contó que se escucharon varias explosiones y luego comenzó el fuego. Que, según creen todos los trabajadores que estuvieron presentes, fue provocado directamente por gente de la presidencia. También se cuenta que Margarita López Portillo, hermana del presidente José López Portillo, a la que se le creó el comité Radio, Televisión y Cinematografía para que pudiera controlar los medios, era una persona de lo más corrupto que sustraía a voluntad películas para verlas en la comodidad de su casa; cintas que jamás volvieron (cosa que tampoco me es tan ajena; en la administración de Paula Astorga, la directora pedía películas al acervo sin salidas oficiales. Siempre me negué, pero poco importa la opinión y deseos de un empleado honesto ante la gran corrupción que inunda nuestre institución.) . Otras fuentes aseguran que Margarita mandó a provocar el incendio para desaparecer pruebas de los abusos que cometió en su cargo. Existe, también, la creencia de que la presidencia ordenó incendiar la Cineteca para desaparecer varios e importantísimos rollos… de los que se habla en el documental de “Los rollos perdidos”.

Como fuera, ese lunes no se presentaron a trabajar la mayoría de los jefes, de los directores ya ni hablar. El día transcurría normal hasta que, a las 18:30 horas, cuando se proyectaba La tierra de la gran promesa (Andrzej Wajda, Polonia, 1974), se escucharon varias explosiones. Después vino el humo, que fue seguido por grandes llamas durante más de dieciséis horas. Cuentan los revisadores que, aunque la versión oficial haya sido de menos de tres muertos, vieron cómo muchas personas se quedaban envueltas entre las llamas y otras eran aplastadas entre los escombros. Mis revisadores estiman más de veinte muertes. De los miles de rollos que se perdieron, en la actualidad, seguimos encontrando latas con vestigios de haber sobrevivido al incendio.


Uno de los mayores problemas fue que había material de nitrocelulosa mezclado con acetato y poliéster. El film de nitrocelulosa, al que se le conoce normalmente como “nitrato”, es altamente volátil e inestable; al encenderse libera su propio oxígeno, creando unas llamas incontrolables de varios metros. Nada apaga los rollos de dicho material; ni sumergiéndolos en agua.


lunes, 29 de octubre de 2012

¿Más mezcla maistro?


Todo comenzó la semana pasada cuando me llegó, al igual que a todos los usuarios del correo electrónico de la Cineteca Nacional de México, un email que se quejaba del lugar donde está el reloj checador digital y de lo difícil que es el acceso a éste. A dicho mensaje, muchas personas contestaron por sufrir las mismas calamidades.

Para llegar a checar hay que sortear una serie de obstáculos que van desde la caseta de los policías, ubicada en la entrada de Mayorazgo, que siempre están parados a medio pasillo, la oficina de intendencia, de sonde siempre están sacando y metiendo todos los productos de limpieza que se usan en nuestra institución, mientras los brigadistas de la higiene  platican y gritan como merolicos del Zócalo capitalino, no todos, hay un mudito. Posteriormente, hay que balancearse sobre un grupo de tablones (mal) colocados en la última parte del pasillo para poder llegar a un puente que cruza una zanja donde hay albañiles trabajando. Antes de llegar a dicho puente, las tablas fueron cubiertas con cuadrados de alfombra, de la que quitaron de las salas antes de la remodelación, que cuando llueve nos sirven a los burócratas de tablas de surf. Desgraciadamente, no sabemos practicar aquél deporte acuático y los torpes movimientos que llegamos a realizar terminan, la mayoría de las veces, con alguna sindicalizada mayor en el suelo con esguinces o rodillas sangrantes. Al cruzar el puente uno se siente Indiana Jones en el templo de la perdición (Spielberg 1984).

Inmediatamente, la raza burócrata se armó de valor y comenzó a soltar sus quejas contestando sobre el mismo correo electrónico. Las quejas ya no sólo iban sobre el acceso o el reloj checador digital. Cambió el sentido y se fueron enfocando más hacia la higiene de los baños, posteriormente al estado de uno de los hornos de microondas que no funciona, haciendo esperar a la gente hasta media hora para poder calentar su comida.

Luego, casi veintitrés horas después, una compañera denunciaba en un correo electrónico que “como a las 2:00 de la tarde al entrar por el camino del callejon (SIC) de san Felipe, dentro de la Cineteca una compañera y yo nos encontramos a un trabajador orinando en pleno pasillo dirigido hacía (SIC) la pared, por supuesto que esto es desagradable para todos pero lamentablemente no es la primera experiencia del tipo, ya que hace como una semana me tocó ver a la altura del laboratorio digital a otro trabajador en ropa interior el cual creo se estaba cambiando también muy cerca del paso de la gente.”

El pasado comentario, después de arrancarme una carcajada, hizo que me interesara, morbosamente, más en el caso. ¿Cuál albañil andaría paseándose como Lady Godiva por el laboratorio digital? Todo se esclarece en un correo que llegaría tan sólo unos minutos más tarde. Otra compañerita (como ven, la depravación la sufrieron las mujeres y ningún hombre) culpa a la constructora de no haber designado un lugar para que los albañiles se cambien, siendo la razón de semejantes barbaridades. También menciona la anécdota que se convertiría en la favorita de un servidor:

Dice que el martes dieciséis de octubre del año dos mil doce, mientras caminaba hacia el pasillo del reloj checador digital, a la altura del nuevo laboratorio, encontró a un sujeto, del cual no sabe si era de la obra o no, alrededor de las nueve con quince minutos de la mañana, hora  a la que siempre pasa mucha gente, recargado masturbándose mientras vestía únicamente boxers. Después pide saber el avance de la investigación. No sé si haya mucho que investigar salvo si habrá terminado o no o si es la única manera viable para quitarse lo helado de las obras negras.

Las películas mexicanas de ficheras que muestran albañiles, no se alejan tanto de la realidad. Los albañiles siempre serán albañiles. Aunque cause risa o sorpresa lo que leí en los correos de mis compañeros, en el fondo me siento un tanto triste por la falta de educación de los trabajadores y, aunque me digan lo que siempre me dicen, la educación no enriquece al hombre con moral. La moral se mama.

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